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  • PABLO ZAPATA

Van Gogh en la Puerta de la Eternidad



Estaba muy pendiente de ver la última película de Julian Schnabel, Van Gogh en la Puerta de la Eternidad. Conozco el trabajo de este gran director desde hace un buen tiempo, me gustó mucho La Escafandra y La Mariposa, Antes que Anochezca y Berlin, la filmación del concierto en directo de Lou Reed en el 2008. Aún tengo pendiente Basquiat, obra sobre el gran pintor Neoyorkino, amigo y "contrincante" de Schnabel en los años 80; ambos fueron los máximos representantes de las artes plásticas estadounidense de la época, junto a Keith Haring y otros. Yo conocía muy poco el trabajo fotográfico y plástico de Schnabel, no sabía de su relevancia en el mundo de la pintura; pero ahora entiendo por qué es tan bueno como director de cine, no viene del mundo audiovisual sino de la pintura, y para mí eso lo explica todo. Algo parecido pasa con directores como David Lynch, Jean Cocteau, Abbas Kiarostami, Michael Haneke o Takeshi Kitano, que se formaron en otras disciplinas y fueron inevitablemente llegando al cine.


Van Gogh en las Puertas de la Eternidad es la obra de un creador hablando de otro creador, y eso le da un toque especial a esta "biografía" sobre el genio holandés. Willem Dafoe se mete en la piel de Vincent como nadie, es el actor perfecto para este papel, y así lo sabía Schnabel. A pesar de que Van Gogh murió a los 37 años y Dafoe contaba con 63 en el rodaje, esto pasa desapercibido por la excelente condición física del actor y el deterioro del pintor en los últimos meses de su vida.


El "estilo" de Schnabel es muy característico en los encuadres, movimientos de cámara, ritmo y montaje, algo parecido como lo que pasa con Terrence Malick. Cuando ves una secuencia de Van Gogh, sabes que estás frente a un filme de Schnabel, no hay dudas. Y es precisamente esa estética particular de la imagen y el sonido que refuerza la psicología de este personaje atormentado. El cineasta logra que nos sumerjamos en la mente del pintor, que veamos el mundo a través de sus ojos y escuchemos sus pensamientos de una manera hermosa, con un particular manejo de la profundidad de campo y una constante presencia primordial de la luz, a veces cegadora. Schnabel en algunos momentos pidió a Dafoe que hiciera la cámara subjetiva, porque así sería de verdad la mirada del personaje, sus pasos, su ritmo, su pausa. También dictó personalmente clases de pintura a Dafoe durante un tiempo, logrando así que se metiera de lleno en el cuerpo y la mente de Van Gogh. La actuación de Dafoe es maravillosa y bajo el mando de Schnabel solo podía ser así.


Schnabel presenta a Van Gogh como un artista nacido para pintar cuadros para gente que aún no nacía, un adelantado a su época, un ser incomprendido por el resto de los mortales, un ser solitario que solo conseguía refugio en la naturaleza, la pintura y el alcohol, un exiliado de esta vida. Van Gogh estaba en búsqueda de Dios y lo encontraba justamente en esa naturaleza que tanto le gustaba pintar a su modo; solo allí se sentía a gusto. Él se sabía pintor nato, porque nació con el don para pintar, era su misión y como tal debía cumplirla; como un Cristo que sabe que su destino inexorable es el sacrificio por los demás, que su muerte será la llave que abrirá esa gran puerta a la eternidad.


Con su muerte Van Gogh encontró, al fin, esa nueva luz que cambiaría posteriormente la pintura y el arte para siempre.




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